
Especial Cien años de Ana María Matute, la escritora que imaginó otra literatura española
La infancia de Ana María Matute, como la de otros tantos escritores, estuvo marcada por la enfermedad. Primero una infección de riñón a los cinco años, y más tarde otra enfermedad a los 11 la obligaron a pasar tiempo en el pueblo de sus abuelos, además de refugiarse en la literatura. Quizás por eso su primer cuento lo escribió de niña, anticipando lo que más tarde iba a llegar. Y puede que también ese interés tan temprano por las historias y la capacidad de imaginar fuesen lo que impulsó a una mujer que abrió un camino que pocas mujeres de la época podían transitar. Este año, el de su centenario, redescubrimos a una Ana María Matute que fue capaz de imaginar no solo una nueva vía para sí misma, sino para la literatura española.
Para llegar a la Ana María Matute que ha calado en el público, la creadora de mundos fantásticos como los de Olvidado Rey Gudú o Aranmanoth, habría sin embargo que esperar. La Guerra Civil llegó cuando tenía solo 11 años, y la posguerra marcó su primera juventud. La Ana María Matute inicial estaba marcada por esa miseria, moral y material, de una España que salía de una guerra y entraba en una dictadura, y se muestra en sus primera novelas, Los Abel, o Pequeño Teatro, con la que ganó el Premio Planeta en 1954. Con Los hijos muertos, Premio Nacional de Literatura en 1959, esas temáticas seguían ahí, pero la manera de vestirlas comenzó a cambiar, las metáforas y el mundo lírico toman vuelo anticipando lo que estaba por llegar.
En todas esas obras, ya asoma algo que va a marcar su literatura, así como suponer una losa: el mundo de la infancia y el paso a la adolescencia. Estaba presente en el adolescente solitario de Pequeño teatro, y también en Primera memoria, Premio Nadal en 1959. Un mundo, el de la infancia y la fantasía, que también generó una imagen -como le pasaría a otra autora ahora reivindica, la poeta Gloria Fuertes- de escritora infantil. Uno de los prejuicios a los que se tuvo que enfrentar, en una época en la que la literatura era un juego de hombres adultos.
Esa obra, Primera memoria, fue la primera de la trilogía de los mercaderes, con la que Matute cerraba un ciclo, marcado por la posguerra, pero en el que la fantasía se iba abriendo paso. Justo después, La torre vigía en 1971 ya anticipa un cambio: de la posguerra pasaba a la época medieval, pero sus temas persistían: la injusticia, el paso a la edad adulta, el aprendizaje y el descubrimiento de un mundo que podía ser fascinante pero también bárbaro. Y después, un silencio.
Los más de veinte años que separan La torre vigía y Olvidado Rey Gudú pueden responder a varias razones. La primera, las situaciones personales, que comenzaron a sumirla en la depresión. Pero también esa imagen de Matute como escritora infantil fue ganando peso, pese a que probablemente ninguna autora española, y casi ningún autor, hubiera conseguido la colección de premios que ya por entonces atesoraba. Algunas escritoras de la época fueron dejadas de lado, y otras, como ella, relegadas a una categoría “inferior”: la fantasía y la literatura para niños.
Hace un tiempo nos lo explicaba Lorenzo Silva hablando de Olvidado Rey Gudú: “Hay quien cree que esto es un cuento para niños. En realidad, es una alegoría descarnada sobre cómo la codicia y la violencia son los motores primeros de la Historia y cómo sólo el amor y la piedad atenúan —siempre demasiado poco—sus estragos. Como Juego de Tronos, pero mucho mejor: para adultos y con alma”. Ya en los 90, publicó su obra más querida, la que le llevó más tiempo y en la que alcanza, quizás, lo que siempre había querido lograr: contar el mundo a través de la fantasía sin que ello supusiera endulzarlo.
El triunfo de Ana María Matute, y el de una generación de escritoras con ella, fue traspasar ese prejuicio primero llegando a ser la tercera mujer académica de la RAE en 1996, pero incluso desde entonces ha costado que su papel en la literatura española del siglo XX sea valorado en toda su importancia. Los centenarios, esa fecha que a todo le otorga de una importancia, nueva, viene quizás a colocarla en su lugar. Más importante, sin embargo, es descubrirla a nuevos lectores.